El regreso del fotógrafo minutero

Puede que una manera de verlo sea verlo como una cuestión de velocidades: decir que en el tiempo que toma hacer una fotografía minutera un avezado millenial a los mandos de su móvil podría tomar 600. Sí: hubo un tiempo en que las cosas eran pausadas, y en que tomar una fotografía tenía los ingredientes de un ritual; un tiempo en que los fotógrafos difícilmente habrían concebido una foto que no fuera el resultado de un proceso artesanal. La fotografía minutera es probablemente el paradigma de todo esto, esa cámara enorme que es a la vez laboratorio, posada siempre con decimonónica coquetería en el vértice de su trípode. Estupendamente aparatosa. Los memoriosos con edad para serlo recuerdan a los fotógrafos minuteros que se apostaban en Colón para vender su arte a los marineros recién desembarcados en la ciudad, o no necesitan la memoria y pueden desempolvar su propia foto minutera, en la que posan con su madre y el helado que acababan de comprar, en un domingo soleado que con foto o sin ella se les habría quedado grabado en la memoria. Pero encima tienen la foto.

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