La fiesta de Gràcia evoluciona sin perder identidad

Gràcia lleva ya unos días parando el tiempo. Lo hacen los más viejos del lugar y las nuevas generaciones de granciencs, cada verano, cuando sacan las sillas a la calle y se entregan con pasión de orfebre del siglo XIX, pero con materiales y recursos del XXI, para soñar que el microcosmos de su calle es lo que ellos quieran que sea del 15 al 21 de agosto (una noche de Halloween, un mar de plástico o una fantasía sensorial). Porque están de fiesta. Una fiesta mayor más multitudinaria que nunca por la evolución turística de la ciudad, que llega en plena forma a su edición 202 habiéndolas visto de todos los colores y con una meritoria alineación de 24 calles participantes (no se alcanzaban desde el 2001), sin perder la identidad que la distingue: es una experiencia hecha por los vecinos, preparada con meses de antelación con sus propias manos, con vocación lúdica pero también reivindicativa. Tradicional pero ya cosmopolita. 

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